La cançó de l'enfadós
Cada vez más, el comportamiento de los ciudadanos viene determinado por las exigencias del dinero y no por la lógica de los derechos y los deberes. El ciudadano vive condenado al castigo sisífico del consumismo que garantiza la frustración permanente. La pulsión de consumir no tiene fin ni satisfacción. Cuando nos hacemos con el producto soñado, hemos dejado de soñar en éste para empezar a soñar en otro. Y así, en una espiral sin fin, ni premio. En esta situación no hay espacio para la revuelta, sólo hay lugar para el cabreo. La revuelta, como decía Albert Camus, es un no constructivo que desde el momento de pronunciarse lleva un sí incorporado. El cabreo se agota en sí mismo. Es un no que acaba en la resignación. En este marco, el político se transforma de representante a chivo expiatorio. El cabeza de turco al que gritar cuando las cosas no funcionan, sea cual sea su grado de responsabilidad. Y éste, incapaz de seguir al poder económico que salta barreras sin que el poder político consiga llegar a tiempo para marcar los límites necesarios, reacciona de una manera doblemente equivocada: desplazando la responsabilidad hacia otros y convirtiendo a la eficiencia en la gestión en promesa principal, transformando así los medios de su acción en los fines de su proyecto político.
Ramoneda a El País del 4 de setembre. Llegiu-ne l’article complet aquí.